Tobías Enrique Pumarejo, un corazón que grita

Por: Libia Cantillo V.

Su obra, dejó como herencia una enseñanza acerca de lo que debe ser una buena composición.

Cuenta la mitología griega que en el Olimpo existía un séquito de nueve musas, nacidas de nueve noches seguidas de amor, entre Zeus, el padre de los dioses y de los hombres, y Mnemósine, quien era la personificación de la memoria. Esas divinidades femeninas, inspiradoras de la música y de las artes, bajaban a la tierra a iluminar a los mortales que las invocaran. Se podría asegurar, que Tobías Enrique Pumarejo, a quien muchos le atribuyen ser el “Patriarca de la composición vallenata”, no tuvo necesidad de clamar a ellas, por el contrario, fue un poeta elegido entre las musas para susurrarle al oído, los versos más románticos y perennes del canto vallenato.

Dotado de un corazón alegre, humilde, sensible y querendón, dejó un legado que se ha mantenido y ha sido la base para que otros compositores sigan sus pasos. Según el historiador Tomás Darío Gutiérrez, “Don Toba”, como cariñosamente le llamaban, fue el que inauguró el vallenato romántico y puso los primeros peldaños en el vallenato costumbrista. Así mismo, asegura, que también fue el primer cantautor de la música vallenata que compuso sin necesidad, de tener un acordeón que lo acompañara.

Tobías Enrique Pumarejo fue un hombre apreciado por su don de gentes y un músico despojado de egoísmos. Admirado por compositores, entre esos el Maestro Rafael Escalona, quien se convirtió en su alumno más destacado, y con quien compartió parrandas inolvidables que duraban varios días. Compadre de muchos, amigo entrañable, especialmente para los hermanos Zuleta Díaz que le grabaron innumerables canciones, y quienes hoy lo consideran como el “Padre del folclor vallenato”.

Fue parte del jurado junto con Rafael Escalona y Gustavo Gutiérrez Cabello, entre otros, del primer Festival de la Leyenda Vallenata en 1968. Así mismo tuvo el honor, como miembro de la más alta élite de la sociedad de Valledupar, de abrirle las puertas del Club Valledupar a la música vallenata que para aquella época no era bien vista en esos estratos sociales. Tobías Enrique Pumarejo fue en síntesis un poeta sencillo que le cantó a la naturaleza, a su familia, a las mujeres, a sus amigos, y hasta a sus caballos. Un hombre que amó profundamente.

Nació una mañana en Valledupar, un 8 de agosto de 1.910. Sus primeros años los pasó en su ciudad natal y para cuando ya era un jovencito bien vestido, “de buena estampa”, como se decía en aquellos años, de trato amable y con apellidos y familia prestante en la región; el oficio de enamorar no le quedó grande. De ojos vivaces, nariz aguileña y sonrisa tierna, Tobías Enrique, daba por sentado que, en vez de palabras, él usaba su mirada. Así lo manifestó en una entrevista que le hiciera el escritor Alberto Salcedo Ramos en 1991, para el libro “Juglares en su patio”: “el amor que se consigue con el lenguaje de los ojos, es el mejor de todos”. Y Tobías Enrique Pumarejo, así lo reflejó en aquella súplica de amor, como un corazón que grita, cuando escribió: “/Mírame con amor o con enojo /pero no dejes nunca de mirarme / porque quiero morir bajo tus ojos /”, en la famosa y controversial canción, “Mírame fijamente” que ha sido tan difundida a todos los niveles.

Después de terminar la primaria en el Biffi de Barranquilla, sus padres José Antonio Pumarejo y Elena Gutiérrez Aroca, lo envían a Medellín para continuar sus estudios. El joven Tobías Enrique entra al Liceo Antioqueño de la Universidad de Antioquia, la mejor institución oficial de bachillerato, que por esos años funcionaba en la región. Allí, además de los conocimientos básicos de la educación secundaria, aprenderá sobre música y leerá a grandes poetas, entre esos, Rubén Darío, José Asunción Silva, Guillermo Valencia y Bécquer entre otros.  Esas serán las bases para que Tobías Enrique comience a recorrer el camino de su obra musical.  Sus letras llevarán el sentimiento y se convertirán en sus primeras composiciones traducidas no solo en pasillos, valses, y rancheras, sino también en paseos, puyas, sones y hasta merengues, estos últimos, su especialidad. La primera canción que tituló “Mi cabaña” se quedó vagando en el tiempo porque no llegó a editarse y “Don Toba”, entrado en años, se olvidó de la letra. Luego seguiría La mariposa, canción que fue llevada al acetato, y otras más que nunca se editaron.

En el Liceo Antioqueño, Tobías Enrique y sus compañeros de la Provincia, conforman la “Orquesta Magdalenense”. Un pequeño grupo musical cuyo director fue su amigo y paisano José María “Chema” Castro y quien le enseñaría las primeras nociones de flauta. Aquella agrupación interpretaba solo música del interior del país, acompañados de guitarras, flautas y violines.

Después de un tiempo, Tobías Enrique termina con éxito sus estudios de bachillerato, y toda esa experiencia es llevada, como el mejor de los presentes, a su tierra vallenata.  De allí, se desplaza con frecuencia a Patillal, corregimiento a solo 33 minutos de Valledupar y situado a orillas del arroyo La Malena, afluente del río Cesar. Un placentero lugar para él, lleno de recuerdos de su infancia al lado de su abuelo materno y su primo Arturo Molina, quien ya se destacaba como un músico excepcional en la guitarra y en la dulzaina. Cuna de grandes compositores y cantautores que forjaran amistad entrañable con este joven que pronto dará a conocer su calidad musical y poética.

Su trayectoria como compositor es inmejorable. Sus canciones han sido interpretadas por grandes orquestas, conjuntos y agrupaciones de todos los tiempos. Al igual que palomas mensajeras, han cruzado los cielos no solo de Valledupar sino de otras regiones de Colombia y de muchos otros países. Canciones que se han convertido en “clásicos” del folclor vallenato, como lo demuestran “Las sabanas del Diluvio” canción que cumplirá 81 años de haber sido creada y “La víspera de año nuevo”, un himno de la época decembrina, grabada por Guillermo Buitrago y escrita hace 75 años por este “Maestro de Maestros”.  Así mismo se destacan “Almas de Valledupar”, “Cállate corazoncito”, “Muchachas Patillaleras” y “La cita”, grabada ésta última, además, por agrupaciones modernas.

En esencia, la calidad de sus melodías y la variedad de sus temas nacidos de sus vivencias, pero, ante todo, la pasión con que plasmó cada uno de sus versos, han incidido profundamente para que sus canciones no mueran. Son la huella del más grande poeta. Canciones escritas con tinta indeleble, que permanecerán por siempre en el corazón de quien las escucha.

Una muestra de lo anterior, es la canción titulada “Cállate, corazón, cállate”, o también llamada: “No llores, corazón”. Así apareció en la primera grabación que hiciera Luis Enrique Martínez y luego Orlando Nola Maestre en el Sello Popular, 78 RPM. Considerada como la más sentida de las canciones del gran Tobías Enrique Pumarejo. Escrita en 1955. Según el cantante y compositor Gustavo Gutiérrez Cabello, en lo que respecta a esta obra musical, “hay tres versos que los tiene como prototipo de poseía hermosa y de arte mayor, y que han sido su guía permanente en la construcción poética-lírica de sus canciones”

“Cállate, corazón, cállate” fue inspirada, no por una, sino por dos musas. Amores que conmovieron las fibras del corazón del poeta, cada una, en momentos diferentes.  La primera, una joven oriunda de Pivijay (Magdalena), elegante, de buena familia, a quien “Don Toba” llamaba Marimar y de nombre María Marta Samper Martínez. La conoció en el expendio que tenían sus padres, en la finca “Santa Rita”, jurisdicción del Copey Cesar, muy cerca de donde él vivía en su finca, “El Otoño”. Desde que la vio se sintió atraído hacia ella y pronto logró ser correspondido. En las visitas a su enamorada, que se hicieron frecuentes, iba siempre acompañado de conjuntos vallenatos y Tobías Enrique mostraba su talante como músico y poeta. La admiración por sus cantos y sus composiciones influyeron para que los padres de Marimar aceptaran la relación. Además, pronto su hija cumpliría los 14, “edad para merecer”, como se decía en el pasado al tiempo adecuado para buscar pareja y casarse. Sin embargo, una semana antes del cumpleaños de Marimar, una escena de celos dio al traste con aquellos recientes amores.

Imaginemos lo que aconteció aquella mañana soleada cuando Tobías Enrique y Marimar, en compañía de Luis Joaquín Pumarejo, sobrino y compadre de éste, decidieron dar una caminata por los alrededores. Los frondosos árboles que bordeaban el rio Mallorquín, apaciguaban el calor que había entrado con fuerza, desde comienzos de Julio. Aquel trío caminaba alegremente. Sus palabras se mezclaban con el murmullo de las aguas límpidas, que corrían entre las piedras, y sus risas, con el canto de las aves en la copa de los árboles. En el momento de pasar el puente, Luis Joaquín, como buen caballero, le tendió la mano a Marimar para ayudarla y bastó solo un gesto, una sonrisa gentil de Marimar hacia su sobrino, para que en la cara de Tobías Enrique se reflejara el disgusto.  Aquello lo hirió muy hondo y no hizo el menor esfuerzo en disimular su dolor. Marimar, tampoco ocultó su sorpresa. Con las mejillas encendidas, se sintió ofendida por la actitud de su pretendiente. Con la voz temblándole de rabia y sin pensarlo mucho, dio por terminada la relación, y se marchó. Sus pasos se escucharon fuertes sobre las hojas caídas.

Fueron días de angustia los que debió pasar aquel enamorado. Pero en la madrugada del 21 de Julio, día del cumpleaños de su amada, se presentó con una serenata y le cantó a viva voz, “Despedida”, un vals compuesto por él. Allí amaneció con los músicos.  Más tarde, comenzaron a llegar los invitados y la casa se llenó con los familiares de Marimar, hacendados de la región y políticos amigos de sus padres. A las 11 de la mañana, salió Marimar a recibirlos. “Don Toba” la seguía con su mirada anhelante, deseoso de su amor. Pero el saludo y las sonrisas que ella le prodigó a su sobrino fueron causa nuevamente para que los celos en él, afloraran con más intensidad. En esos momentos, Marimar a punto de llorar, lo mira directo a los ojos, aprieta las mandíbulas y corre a su habitación a sacar el torrente de lágrimas que está por desbordar.  Es ahí, en ese instante, cuando “Don Toba” decide componerle una canción y como si de nuevo, las musas le soplaran al oído, brotan los primeros versos en su mente. La voz que se escucha, es de un alma sentida. Es un corazón que grita desgarrado, y que se alza por encima del rumor de los presentes. Todos se quedan en silencio cuando escuchan a Tobías Enrique cantar, casi llorando: “Cállate corazón cállate / cállate corazón no llores / Cuando pases por el puente / no bebas agua del río / ni dejes amor pendiente como dejaste el mío / Cállate corazón cállate / Cállate corazón no digas nada /” Y continúa:  “Yo tiré una flor al viento y el viento se la llevó / amor con odio se paga como a mí me sucedió /”.

En ese mismo instante, para Marimar, escuchar aquello, cantado con tanto sentimiento, es el bálsamo que viene a sanar de inmediato su herida. Y de esta manera, todo queda perdonado entre los dos y en aquella hora, quedan impresos para la historia, los primeros versos de una canción que el 21 de Julio de 2020, cumplió 65 años de haber sido creada.

La segunda mujer, motivo de su inspiración, se trataba de Elvira Martínez, una morena de mirada profunda, quien había sostenido amores con “Don Toba”.  Quizás la distancia, fue el motivo para que se hubieran distanciado. Ella vivía en San Ángel (Magdalena) y él en El Copey, en su finca “El Otoño”.  En una visita que le hizo su primo, Álvaro Gutiérrez Céspedes, “Don Toba” aprovecha para pedirle el favor de que lo acompañe en el viaje porque quiere darle una sorpresa a su novia Elvira. A los pocos días hacen la correría a caballo. Es posible que durante el viaje la conversación haya fluido entusiasta y hasta hablarían sobre las mieles del amor. El corazón de “Don Toba” está deseoso de llegar junto a Elvira, y aquel viaje de seguro se le hace eterno.  Cuando por fin llegan a San Ángel, él se dirige, de inmediato, a la casa de su novia. Unos metros antes, lo invade un sentimiento extraño, una opresión que no lo deja.  Se pregunta así mismo por qué si venía tan emocionado por verla, ahora quiere huir de allí.  Y antes de obtener respuesta, sus ojos se quedan clavados en la imagen de Elvira Martínez, su novia, que está dichosa, en los brazos de otro.

Al principio se queda estupefacto por la impresión que le causa aquello. Su mente es un barullo de celos y rabia. Voltea y sin que lo noten, escapa del lugar.  Cuando llega cabizbajo donde está su primo, solo atina a decirle que regresen al “El Otoño”. Álvaro no pregunta. Tobías Enrique no emite ni un quejido. Solo se escuchan los cascos de los caballos al pisar la tierra que el verano ha secado. Así continúan hasta que, a mitad de la marcha, se rompe aquella calma.  Tobías Enrique suspira, se quita el sombrero y se ventea con él. Mira a los lejos y le cuenta a su primo lo que pasó con su novia. Suspira, piensa en lo irónico que le ha sido el destino y dice compungido: “Ayer lloraba por verla y hoy lloro porque la vi”

Y así, otro verso de esa bella composición surge de nuevo de ese corazón que grita de pesar: “Una pena y otra pena / son dos penas para mí / ayer lloraba por verla / y hoy lloro por que la vi /”.

Este gran compositor murió en Barranquilla, el 9 de abril de 1995. Sin embargo, sus canciones han continuado volando, como aquellas palomas, y su rastro perdurara para siempre en nuestras vidas.

Guardo en mi alma un recuerdo de niña. La voz dulce de mi madre, Francisca Vásquez, de estirpe villanuevera, que canta en la cocina, “Cállate Corazón cállate / / cállate corazón no llores / Cállate Corazón cállate / cállate corazón no digas nada/”, mientras una bolita de masa se va aplastando, entre sus manos blancas.

Por: Libia Cantillo V.
Exclusivo para ParradaVallenata.com

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