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Música costeña, música bailable, música tropical... música colombiana

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¿Qué nombre le pondremos?

Por: David Sánchez Juliao

Resulta curioso que en este país se llame ‘música colombiana’ a la música que nace en los Andes y muere en Caucasia. Ese es el municipio en donde, viajando desde Medellín hacia la Costa Caribe, acaban las montañas y tiene comienzo la Región Caribe; y en donde parece morir la llamada ‘música colombiana’, hermosa y tierna, por cierto.
Pero poca gente escucha ya bambucos en Planeta Rica, y de allí hacia adelante, mucho menos. Entre tanto, la música que se produce en el Caribe, que da la vuelta al mundo, que es traducida a otros idiomas y que llena salas y estadios, es llamada, casi con desprecio, ‘música costeña’.

Ello es reflejo de una postura centralista, pues las músicas de Colombia son todas músicas colombianas. Desde luego que lo expuesto tiene conexión con la economía del país, con los centros de producción cafetera y las regiones en donde hubo mayor acumulación de riquezas y, por tanto, mayor acumulación de poder. Ahora hay en la Región Caribe una gran acumulación de poder, tanto económico como político, pero el concepto es un rezago de otras épocas y refleja una actitud que es preciso revisar.

Complemento con recuentos anecdóticos. Una vez asistí a un baile en Nueva Delhi, en el que un grupo de músicos del desierto de Rajastán interpretaba, con tambores y flautines, La pollera colorá. Años atrás, en la mediterránea isla de Naxos, había visto a un griego levantarse de su mesa en un bar e ir al traganíquel a hacer sonar una canción. Hundió el botón, echó unos dracmas en monedas por la ranura y sonó El caimán... cantado en griego. En un 14 de julio en París, Día de La Bastilla, en las celebraciones de la Place de la Concorde, un grupo africano de Zaire interpretaba música de Joe Arroyo, sin cambiar una letra al estribillo: Ay, Papá. En un tablado de la Calle del Salao, en el barrio gitano de Triana, en Sevilla, llamado ‘La Garrocha’, mi hijo David y yo quedamos boquiabiertos cuando las voces de un coro flamenco cantaban: Aaaayyyy, ¿qué será lo que quiere errrrr negro? Más aún: en el verano de 1985, Daniel Celedón cantando y Pablo López tocando la caja vallenata reunieron en torno a ellos a dos mil personas, mientras interpretaban, en el marco del acordeón de Pedro García, La diosa coronada, de Leandro Díaz, frente a la tumba de Lenin en Moscú.

En 1999, alguien me trajo un CD desde España, y bajé de inmediato a enseñárselo a mi vecino de entonces, Rafael Escalona. Se trataba de Lola Flórez cantando El testamento y La casa en el aire. Y a propósito de El testamento, una vez lo escuché interpretado por un grupo de música country en un bar de Laguna Beach, California. Me tomé el cuidado de subir a la tarima, una vez finalizado el espectáculo, y de copiar la letra de la canción para traerla a Rafael: Good bye, my little girl / I am leaving in the morning / ‘cause last night the radio said / the Liceo is open / and as an student / Escalona is leaving / but to be remembered /I leave you this song...

Unos años después, en un bar de Kuala-Lumpur, en Malasia, escuché a un malayo enloquecerse dándole dinero al encargado para que pusiera a sonar en el equipo de sonido Cosita linda, cantada por Nat King Cole. Todo ello sin hablar de Julio Iglesias entonando La gota fría, ni de Gloria Estefan interpretando los vallenatos de Kike Santander, ni de Paul Mauriat en La múcura, o de Benny Moré cantando porros, o de Nelson Pinedo interpretando Mompoxina o El vaquero, de José Barros, en el marco de la Sonora Matancera, etcétera, etcétera. Y esta es la que mucha gente llama “música costeña” y, bueno, un poco más despectivamente “música tropical” o “música bailable”.

La gravedad frente a todo esto consiste en que esas expresiones para designar nuestro producto musical han hecho tal carrera, y que ni aún nosotros mismos, los caribes colombianos, conocemos la expresión que pudiera reivindicar o designar de manera correcta tal producto creativo. Una vez más, hemos caído en la trampa.

Así como un día, a muchos clarividentes habitantes de la Región se les ocurrió decir que no éramos costeños sino Caribes y que habitábamos, no la Costa Atlántica sino la Costa Caribe, a alguien debía ocurrírsele ahora, en estos tiempos de reafirmación y sentido de pertenencia, un término o una expresión que se eche a rodar para no volver a hablar de música costeña, música bailable o música tropical. Una expresión, claro está, que designe el total espectro musical de esta Región tan ingeniosa y tan creativa.

Tomado de Periódico El Heraldo

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