En las últimas décadas del siglo XX hace su aparición el cantante y el acordeonero y el compositor pasaron a segundo plano. ¿Por qué? Porque la música penetró en las ciudades y esta nueva figura se convirtió en ídolo. Los versos de los poetas de la provincia, salpicados de campo y de tradición, llegaron por su intermedio a oídos foráneos y no los entendieron. Entonces se inventaron una nueva canción, sin referentes claros, y sometida a las duras leyes de la oferta y la demanda y luego la camuflaron tras el nombre de “vallenato” para venderla a una población masificada sin un claro sentido de identidad cultural.
De la misma manera, el término juglar llegó a sus oídos y, grave problema, empezaron a repetirlo sin entender que los compositores no necesariamente son juglares y que ni siquiera al máximo cantante de nuestros días puede llamársele juglar. Es condición sine qua non: cantar, componer y tocar acordeón y que esto sea un estilo de vida.
Emiliano Zuleta Baquero, Lorenzo Morales, Calixto Ochoa, Abel Antonio Villa, Toño Salas, Vicente Munive... son la última generación de juglares, generación que arrancó con Francisco el Hombre, Juan Solano, Luis Pitre, Pedro Nolasco Martínez... consideramos que este ciclo, con las características propias ya enunciadas, se acabará cuando desaparezca físicamente el último de ellos.
Con esto quiero decir que después de este ciclo de juglares no habrá otros que asuman la música vallenata de la misma manera, lo importante es que surjan otros personajes en donde quede reflejada nuestra identidad.
Bibliografía
(1) Biblioteca de Consulta Microsoft ® Encarta ® 2005. © 1993-2004 Microsoft Corporation. Reservados todos los derechos.
(2) Gutiérrez Hinojosa, Tomás Darío, Valledupar música de una historia. Bogotá, Grijalbo, 2000.
(3) Quiroz Otero, Ciro. “Vallenato, hombre y canto”, Bogotá: ICARO, 1983. p. 39.