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Otras veces el mano a mano surgía espontáneo, como
fruto de las circunstancias del momento, tal cual le ocurrió al belicoso
Emiliano con su propio hermano medio, el acordeonero “Toño” Salas:
Una tarde en
Villanueva
se quiso Toño
lucir conmigo.
Y acaba advirtiéndole en la composición “El gallo
viejo” que no le recomienda “andar en
piquerias con el viejo Mile”
También Luis Enrique Martínez, apodado 'El pollo vallenato', era hombre de
duelos, como lo proclama altanero en el merengue “El gallo jabao”. Allí anuncia que a nadie le tiene miedo y que
está bien armado para el combate:
Toco los pitos
bonito,
toco los bajos
sabroso,
soy un gallo
peligroso
con la espuela y
con el pico.
La historia del vallenato registra piquerias
legendarias, como las de Francisco Moscote Guerra (el verdadero Francisco el
Hombre) y Abraham Maestre; el mismo Abraham Maestre y Cristóbal Luque; Víctor
Silva y Octavio Mendoza; Emiliano Zuleta y Chico Bolaños; Samuelito Martínez y
Germán Serna; Samuelito y Náfer Durán (“larga y fea -según Samuelito-, donde
hubo hasta privados y heridos”); Eusebio Ayala y Luis Pitre (miembro de una
respetada dinastía de músicos);Octavio Mendoza y Eusebio Ayala; Eusebio Ayala y
el Mocho Mon, un 15 de mayo en Rincón Hondo.
La ocasión social
para cantar y escuchar vallenatos, fue la excusa donde nació la parranda. Se fue despojando de los
bailes de la cumbiamba, de los coros y palmas de la tamborera y del bochinche
de los merengues --en el sentido de juergas--, hasta quedar convertida en lo
que sigue siendo: una reunión que gira en torno a la música para oír.
A medida que
fue pasando el tiempo, la parranda fue desarrollando sus propios protocolos. En
ella se presta atención primordial al que toca y al que canta, por lo cual
están mal vistas las conversaciones y es imperdonable bailar; no hay horarios,
y a lo largo del tiempo de duración, que puede ser de varios días, se come en
forma continua, de preferencia chivo y queso salado- y se bebe en forma
abundante, de preferencia whisky; ningún taburete (asiento) puede dar la
espalda a otro; y no se permiten más instrumentos que los tres tradicionales,
o, cuando más, se hace la concesión ocasional a una guitarra.
No es necesario, eso sí, quitarse el sombrero. Alejo
Durán y “Colacho” Mendoza nunca se lo quitaron. Y se bebe, pero no es
obligatorio hacerlo. Dagoberto López, un compadre de Leandro Díaz, no tomaba
trago en las parrandas, según lo cuenta el autor en el merengue “La
parrandita”. Durán tampoco lo hacía. Su idea de las parranda es la que consigna
en “Los dos amigos”: “Con Lizardo la paso
mejor/ él pasa tomando, yo toco acordeón”.”
Una parranda de “verdá-verdá” no se limita a escuchar
cantos. Las circunstancias reales y las anécdotas que inspiraron algunos de los
cantos también forman parte de la fiesta. El propio Rafael Escalona, dios mayor
de la crónica y las narraciones de episodios y costumbres, afirma que “muchas veces la historia del canto es mejor
que el canto”. No es menos cierto que muchos cantos adquieren una tercera
dimensión cuando se conoce su historia, sus símbolos, sus claves internas. No
es lo mismo escuchar “El Gavilán Cebao” con la idea de que se trata del cuento
de un ave rapaz, que oírlo a sabiendas de que es el relato metafórico de las
aventuras eróticas de un cura. Mejor aún si uno sabe quién era el cura. El
acordeonero, el cantante o algunos de los parranderos suelen aportar
información sobre el caso. Todo esto surge en la parranda pero, por supuesto,
permanece oculto en discos, rumbas de caseta o conciertos de estadio.
Con sus peculiares normas de cortesía, cultivadas
silenciosamente por el pueblo que las inventó, las parrandas fueron el
principal medio de comunicación del vallenato hasta la llegada del disco, la
radio, la fiesta, la tarima, la caseta, la televisión y el concierto. A
diferencia de las colitas, las parrandas no han desaparecido: se conservan
intactas en muchos lugares de
la Provincia. Ellas siguen representando el legítimo
medio ambiente social del vallenato, su perfecto micro-clima.
La música vallenata empezó a darse a conocer por fuera
de su geografía durante los años 20 y 30, época dorada de
la Zona Bananera del
departamento del Magdalena, al sur de Santa Marta.
Los trabajadores acudían a prestar su brazo a
la United Fruit desde
todos los rincones del país, y aún desde otros lugares del Caribe. Allí
llegaron los negros jamaiquinos o Jamaican, más negros -por más puros que los
de
la Provincia. Esto
los hizo figurar, a los ojos del pueblo, en una categoría especial: los «negros
yumecas», que es como Emiliano llama a Lorenzo Morales. La abigarrada mezcla de
trabajadores permitió que los cantos de los oriundos de
la Provincia encontraran
oídos dispuestos a escucharlos y repetirlos más tarde en otros puntos del mapa.
La segunda ola migratoria atrajo a los cosecheros del
interior a las puertas mismas de Valledupar. Fue cuando decayó el banano y
surgió el algodón como cultivo redentor. Quedaba de esta manera conectada con
inmigrantes del interior del país una región que durante años permaneció
prácticamente aislada. Los trabajadores que llegaban para las temporadas de
recogida regresaban a sus comarcas natales, y llevaban consigo algunos ahorros
y costumbres de
la
Provincia. Entre otras, por supuesto, su música.
Hubo un tercer movimiento migratorio, de índole
elitista, reducido en sus proporciones pero importante en su influencia, que
abrió las puertas de los altos salones de Bogotá a la música vallenata. Ocurrió
durante los años 50, cuando un grupo de jóvenes vallenatos pertenecientes a
familias ricas y rancias -Molina, Villazón, Castro, Murgas- viajó a realizar
estudios universitarios en la capital. Allí conocieron a condiscípulos de la
alta sociedad bogotana -Lozano, Herrera, Rivas, Santamaría- que se fascinaron
con los cantos de su región que entonaban los vallenatos en las reuniones
cachacas.
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